jueves, 25 de abril de 2019
Lo que no se conoce no existe
Esta semana he estado en la provincia de Badajoz. He ido a presentar el informe "Caminar sobre el abismo de los límites" de ecologistas en acción a los compañeros de Mérida y a un grupo de universitarios preocupados por estos temas y que estaban comenzando a transitar, huerto mediante, ese mismo día. Al día siguiente, me fui con los compañeros a dar una vuelta y conocer el territorio, lloviznaba pero era una mañana agradable. Paseamos por los parajes majestuosos de un bonito pueblo cuyo nombre no puedo recordar, vimos sus huertas, sus campos, pequeños cursos de agua y sobre todo a sus gentes. Descubrimos a una familia muy interesante, vivían solos durante todo el año en una aldea del pueblo, un lugar maravilloso rodeado de montañas, con su huerta y sus animales sobrevivían la mayor parte del año sin hacer mucho caso del resto del mundo. En verano iban a llevarles víveres y algunos enseres ciertos comerciantes de la zona, que tenían por costumbre, vende, en camionetas tuneadas ad hoc, productos de primera necesidad, por los pueblos que reviven en verano. En invierno bajaban al pueblo una o dos veces, si no conseguían que alguien les llevase lo necesario para seguir su tranquila y feliz existencia. Nos contaron de ellos, pues eran poco dados a hablar con la gente desconocida, que eran unas personas muy peculiares, habían vivido siempre aislados, trabajando para comer y haciendo vida entre ellos, no pagaban impuestos, pues no generaban benéficos, no tenían televisión, sus viviendas no tenían licencia de obras, pues nadie fue a reclamársela, sus alimentos no tenían registro sanitario y jamás los visitó las fuerzas de orden público porque no se cruzaron con los intereses de ningún terrateniente. En definitiva, no sabían que eran españoles.
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